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Archivo de la categoría: LAS BUENAS PERSONAS

ROMANCE ANÓNIMO…

 

LA LEYENDA DEL BESO…

 

SER FUERTE…

 

A veces lloro y no por debilidad, sino por estar cansada de ser fuerte

Valeria Sabater ·  6 noviembre, 2015

Debemos darnos una licencia de vez en cuando para poder desahogarnos y conectar con nosotros mismos. Ello no implica debilidad, sino conocimiento de nuestros límites y capacidades.

Ser fuerte es agotador. A veces nos cansamos, llegamos al límite de nuestras fuerzas y, simplemente, nos dejamos llevar. Llorar no es rendirse, ni aún menos es signo de debilidad.

En ocasiones no tenemos más remedio que recurrir a este desahogo necesitado porque estamos cansadas. Cansadas de ser fuertes. Porque la vida exige demasiado, y quienes nos rodean no siempre son conscientes de todo lo que damos a cambio de nada.

No lleves el peso del mundo a tus espaldas. Carga con todo aquello que de verdad es esencial para ti y no olvides nunca que tu corazón necesita de un espacio privilegiado para ti misma. Y sin necesitas llorar, hazlo, porque solo los más fuertes pueden permitírselo.

No se puede ser fuerte todos los días

Es posible que también a ti te educaran bajo esa idea de que las lágrimas deben «tragarse». De que la vida es dura y que llorar no sirve de nada. Esta idea, a largo plazo, puede ocasionarnos problemas muy serios a nivel emocional.

  • El «no llorar» implica a veces no demostrar lo que sentimos y esconder bajo falsas apariencias «que no estamos bien».
  • Si te empeñas en aparentar normalidad, escondiendo sentimientos y problemas, al final no solo esconderás tus emociones ante el mundo, también las esconderás para ti misma.
  • Las emociones que se ocultan son problemas que no se afrontan. Y un problema no gestionado es una emoción que acaba somatizándose en forma de dolor de cabeza, de migrañas, cansancio, tensión muscular, mareos, problemas digestivos…

No se puede ser fuerte todos los días, al igual que nadie puede esconder su malestar o tristeza durante toda su vida. No es saludable ni higiénico. Debes permitirse ese instante de desahogo donde las lágrimas actúan como auténticas liberadoras de estrés, nervios y emociones.

  • Llorar sana.
  • Las lágrimas son un desahogo que conforma el primer paso del cambio. Supone asumir nuestras emociones y liberarlas.
  • Tras el lloro llega la calma. Nos sentimos más relajadas para ver la realidad y tomar decisiones.
No se puede ser fuerte todos los días.

Lee también: Solo tú sabes todo lo que has superado y lo que has dejado ir

La necesidad de ser fuerte cuando la vida nos pide demasiado

Nadie más que tú sabe lo que has invertido para estar donde estás. A lo que has tenido que renunciar por los tuyos, por la gente que amas.

Y todo lo has hecho con libre voluntad porque era lo que deseabas, es algo que sabes, pero siempre llega un momento en que parece que la vida y, más aún, las personas que te rodean, no nos tratan con el aprecio que nosotros hemos mostrado.

Debes ser fuerte ante una sociedad que no te pone facilidades en temas sociales y laborales. Mostrar fortaleza ante una familia que no siempre es tan fácil de llevar como debería, ante unos padres, hermanos o pareja que, en ocasiones, suelen priorizarse demasiado a ellos mismos, sin tenerte en cuenta.

Y en efecto, hay días que te cansas de ser fuerte, de llevarlo todo sobre tus espaldas y entonces… Necesitas llorar.

Es importante poner límites y que la vida nos pida solo aquello que podemos ofrecer

Nadie puede dar más de lo que tiene. Es imposible que ofrezcas alegrías y felicidades a los tuyos si ellos no te atienden y te corresponden con el mismo cariño, con el mismo afecto.

La clave está en el equilibrio. Para lograr ser fuerte y poder con toda tarea a lo largo del día y, a su vez, cumplir con esos objetivos que tenemos en mente teniendo en cuenta las dificultades, es importante poner en práctica estas dimensiones.

  • Ser fuerte implica primero estar bien contigo misma. Cultiva tu crecimiento personal, disfruta de tus momentos personales, de tus aficiones. Ama a cada persona que tienes a tu lado y, sobre todo, ámate a ti misma.
  • Los más fuertes son los que saben amar y a su vez amarse a ellos mismos. Y no, ello no es una muestra de egoísmo.
  • Ser fuerte requiere también liberar pesos que dificultan nuestro avance, que hieren nuestro bienestar y que nos ocasionan sufrimiento. Sabemos que en ocasiones duele, pero es necesario dejar de dar prioridad a todos aquellos que no nos tienen en cuenta.
Es importante poner límites para ser fuerte.

Te recomendamos leer: Hay que aprender a alejarse de quienes no nos necesitan

Ser fuerte implica permitirte «ser débil» de vez en cuando

¿Qué queremos decir con esto?

  • Tienes derecho a decir que «no puedes con esto y aquello», que te supera, que no vas a asumir más responsabilidades de las que ya tienes.
  • También tienes derecho a decir que «no puedes más», que necesitas un descanso.
  • Tienes derecho a pedir respeto, a demandar cariño, afecto y reconocimiento. Quien necesite de ti debe comprender que también tú necesitas de ellos.

Y, por supuesto, tienes todo el derecho a tus instantes de desahogo personal, de buscar un instante de intimidad para pasear y pensar en ti misma, para llorar, para escuchar tus pensamientos y atender tus emociones, para tomar decisiones y avanzar.

Porque la vida es, al fin y al cabo, eso mismo. Caminar nuestros propios senderos vitales con el máximo equilibrio y bienestar interior.

 

PRECIOSA MÚSICA DE RELAX…Una melodía muy suave para el alma !!! ¡Rapsodia Divina!

 

 

CAMILO SESTO…

PARA DISFRUTAR DE SUS CANCIONES…

 

BLANCA FERNÁNDEZ OCHOA…

El sueño de una campeona

Hay pocas imágenes que escenifiquen mejor la felicidad que ver a los Fernández Ochoa bajando sus montañas, esquiando libremente

Blanca Fernandez Ochoa
Paquito y Blanca Fernández Ochoa, en su casa de Cercedilla el 23 de diciembre de 1990. MANUEL ESCALERA

Nada le fue fácil. Pero Blanca era una competidora nata.

Juegos de Calgary de 1988. La recuerdo nítidamente en una carpa, sentada en un banco de madera frente a su entrenador. Tenía los ojos cerrados, estaba visualizando el recorrido. Dibujaba con las manos los virajes de la segunda manga del eslalon gigante. Pura concentración. Abría los ojos cuando llegaba a la meta. Una y otra vez.

Nunca había estado más cerca. Era la gran favorita después de haber marcado el mejor tiempo en la primera manga. A pesar de la diferencia horaria, la euforia llegó hasta España. Todo el mundo se pegó a la tele.

Pero la suerte es tan resbaladiza como la nieve. Y cuando llegó el momento de la verdad, se quedó a tres puertas de la medalla. Aún resuena el grito de su hermano Paco en los micrófonos de TVE: “¡Se ha caído, por Dios, se ha caído, noooo!”

También es nítido el recuerdo de Blanca acercándose hasta donde la esperábamos los periodistas. Estaba hecha un mar de lágrimas. No hubo preguntas.

La secuencia de esa caída la persiguió durante cuatro años, hasta los siguientes Juegos. Hace año y medio mantuvimos una larga conversación preparatoria para una entrevista en RNE. Le dije que le debía unas fotos. Se las había hecho entonces, en aquel momento de concentración absoluta en el que pudo ser su gran día; pero quedaron en un cajón. “A estas alturas ya me las puedes dar”, ironizó.

Y añadió: “Hay algo que no sabes, en ese tiempo tan importante entre manga y manga, que te pasan tantas cosas por la cabeza, vino a verme algún federativo, no digo quién porque ya no está entre nosotros, que me dijo que se conformaban con el bronce, que amarrara, pero que consiguiera medalla. Eso me provocó tanta angustia, tanta ansiedad… Por eso en Albertville 92, entre manga y manga me fui a esquiar sola, a comer entre pistas, porque si no, la historia se hubiera repetido”.

En Albertville llegó la medalla. Así que ya podía dejarlo. Aunque Juan Antonio Samaranch le envió una carta para convencerla de que aguantara cuatro años más. No daría más prórrogas. Lo había decidido con mucha antelación y muy firmemente. Y le pidió a un amigo, que escribía muy bien, que le redactara una carta convincente, de forma que el presidente del Comité Olímpico Internacional lo entendiera.

En los 26 años siguientes, se calzó unos esquíes apenas cinco veces. Todas ellas con ocasión de homenajes a su hermano Paco o para apoyar actos benéficos. Y hasta 2018 no volvió a ver competiciones de esquí en televisión. “Ya no conozco a nadie”, comentaba. En realidad, estaba sobresaturada.

Con razón. Desde que empezó, una cría, a los 9 años y hasta los 29 en que fue medallista olímpica, había tenido que aprender a digerir que todas las miradas pareciesen preguntarle: “¿Y tú cuándo?”. Eso ocurre si tienes un hermano que se ha erigido en gran ídolo del deporte español. “No sabes cómo aprieta la presión”, confesaba.

Paco, su hermano. Sus siete hermanos, una tribu risueña. Hay pocas imágenes que escenifiquen mejor la felicidad que los ocho bajando sus montañas, esquiando libremente. Podía ocurrir que los vieras desde un telesilla, y era un espectáculo impresionante. Se jaleaban, daban gritos. La que más, Blanca.

Esa era la cara brillante de su deporte y de su familia. Luego estaba la otra, la de la competición, la de la Copa del Mundo. La de los madrugones: se levantaba a las 4.45 para entrenarse. En los Alpes o en Bariloche. Así se izaba arriba de la montaña cuando salía el sol, así empieza la disciplina cotidiana de este juego, que acaba hasta el último rayo. Uno de esos días, al acabar, interrogaba, un punto mordaz: “¿Te ha gustado la vida del esquiador de competición?” Lola, su hermana también esquiadora y su cómplice principal, a su lado, sonreía. La sonrisa era, todavía es, marca de la casa.

La primera vez que se quebró fue ante la muerte de Paco. En sus últimos tiempos, los hermanos se turnaban para estar con él. Le dijo a Blanca: “Ríe por mí al menos una vez al día, y a ser posible con una carcajada”. No fue fácil, otra vez. A la pregunta de si pudo cumplir ese encargo, respondió escuetamente: “No”.

Paco era quien mejor presentaba a su hermana. Volcó en ella todo su entusiasmo. Como ella con sus hijos, David y Olivia. Los dos han elegido el rugby. Olivia forma parte de la selección nacional. “Mi gran ilusión es volver a unos Juegos Olímpicos pero de verano y desde una grada, como madre, quiero ver ahí a Olivia, en Tokio 2020”. Un sueño.

 

Analfabetismo emocional:

 

Analfabetismo emocional: cuando a nuestro cerebro le falta corazón

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater

30 mayo, 2019

 

 

Son muchas las personas que sufren analfabetismo emocional. Son hábiles en el dominio de múltiples competencias, disponen de un sinfín de títulos y maestrías, pero hacen la misma gestión emocional que un niño de tres años. Ese aprendizaje no viene de fábrica y es lo queramos o no, una asignatura pendiente a la que deberíamos dedicar más recursos…

La mayoría de nosotros sabemos cuáles son los principios de una buena salud física, a saber: una alimentación equilibrada y lo más natural posible, algo de ejercicio, dormir cada noche entre 7 y 9 horas y realizarnos revisiones médicas periódicas para asegurarnos que todo va bien.

«Cuando escuchas con empatía a otra persona, le das a esa persona aire psicológico».

-Stephen R. Covey-

Sin embargo, si hay algo que descuidamos casi de forma alarmante es eso que se contiene entre nuestros oídos: el cerebro. Ahora bien, no nos referimos a ese conjunto de células nerviosas, estructuras y circunvoluciones. Hay que centrar la atención en los indicadores de nuestra salud emocional, es decir, en esa capacidad para sentir la vida y nuestras relaciones, en el estado de esa facultad para entender, controlar y modificar estados anímicos propios y ajenos…

El ser humano es mucho más que una serie de competencias lingüísticas, matemáticas o tecnológicas. Somos, por encima de todo, seres sociales y emocionales, dimensiones estas que quedan a menudo descuidadas, y hasta infravaloradas en las instituciones educativas. Porque, admitámoslo, de poco nos va a servir saber resolver una ecuación de segundo grado si somos incapaces, por ejemplo, de comunicarnos con eficacia y de empatizar con aquellos que nos rodean.

¿Qué es el analfabetismo emocional?

Sabemos que el término «analfabetismo» tiene una connotación negativa. Sin embargo, no podemos llamar de otro modo a una realidad psicosocial más que evidente. Pongamos un ejemplo, en la actualidad se habla mucho de la figura de los líderes transformadores. De personas capaces de dinamizar una organización gracias a su buen manejo de la inteligencia emocional, de la motivación, de su don para producir impacto en los demás y crear entornos donde las personas pueden hacer uso de su creatividad.

En ocasiones se venden ideas que en la realidad, brillan por su ausencia. Así, es bastante común encontrarnos con directivos o líderes empresariales incapaces, no solo de infundir inspiración a los demás, sino con una nula capacidad para controlar sus emociones, su frustración, su enfado… Son como niños de 3 años enfadados por no obtener aquello que desean, situados por completo en ese pensamiento egocéntrico definido por Piaget en su momento.

Veamos no obstante, qué dimensiones caracterizan el analfabetismo emocional.

  • Incapacidad para entender y manejar las propias emociones.
  • Dificultad para comprender las de los demás.
  • Esa falta de autoconciencia emocional los sitúa a menudo en terrenos muy sensibles. Reaccionan de forma desmedida ante cualquier problema, se sienten agobiados y superados ante cualquier dificultad, sea pequeña o grande.
  • No empatizan, son incapaces de situarse en la mirada ajena, de comprender realidades diferentes a la suya.
  • Sus habilidades sociales son muy rígidas y aunque en ocasiones pueden desenvolverse, les falta sensibilidad,asertividady esa cercanía auténtica con la que crear lazos significativos y no solo relaciones motivadas por el interés personal.
  • Por otro lado, los costes del analfabetismo emocional pueden ser enormes: pensamiento polarizado, represión, racismo o sexismo, narcisismo, necesidad obsesiva por tener la razón…

Asimismo, hay un dato no menos importante que conviene recordar. El analfabatismo emocional, es decir, esa falta de recursos psicológicos y mecanismos emocionales con los que manejar mejor dimensiones como la tristeza, la rabia, el miedo o la decepción, nos hace a su vez mucho más vulnerables a una serie de trastornos mentales.

Así, condiciones como la depresión o los estados de ansiedad crónica son muy comunes en perfiles con poca o nula habilidad para gestionar mejor esos estados internos.

La importancia de educar en Inteligencia Emocional

Sabemos que es ya como un eslogan: «hay que educar en Inteligencia Emocional», debemos entrenarnos en estas habilidades, ser más aptos en materia de emociones. Lo hemos oído hasta la saciedad, hemos leído libros, hemos hecho cursos y decimos que sí con la cabeza cada vez que se nos recuerda la importancia de tener una mayor competencia en esta habilidad.

Sin embargo, las lagunas siguen existiendo. Así, y aunque en algunos currículums educativos de ciertas escuelas ya aparece este objetivo, no podemos pasar por alto algo igual o más importante. Antes de que maestros y profesores entrenen a los niños en el dominio de sus pensamientos y emociones, también ellos deberían ser entrenados previamente.

«Tu intelecto puede confundirse, pero tus emociones nunca te mentirán»

-Roger Ebert-

A menudo, nosotros mismos llegamos a nuestra etapa adulta con un mundo de inseguridades. También nosotros nos levantamos cada día conscientes de que nos faltan herramientas para dominar nuestras emociones, así como ciertas habilidades para encarar mejor la adversidad. De este modo, si no empezamos en primer lugar por nosotros mismos haciendo autoconciencia de nuestro analfabetismo emocional, difícilmente tendremos ese talento para motivara los más pequeños, para entrenarlos en empatía, asertividad o en habilidades sociales…

Una buena «alfabetización emocional» nos dota de grandes beneficios. Así, algo que aprenderemos en primer lugar es que cada emoción tiene su espacio y su utilidad, que diferenciar entre emociones «negativas» y «positivas» no siempre es acertado, porque en realidad, esos estados que a menudo tanto evitamos sentir como es la tristeza o la decepción, tienen sus espacios de conocimiento, su utilidad y su valioso significado.

De las emociones por tanto no se huye, se encaran para saber qué quieren decirnos. Es un modo sensacional de autoconocimiento que nos dota de fortalezas, que ofrece a nuestra mirada un prisma más amplio… a la vez que flexible. Por tanto, no apartemos o despreciemos la necesidad de estar «al día» en materia de emociones. Atendamos a esos mundos interiores donde saber reconocer, expresar, gestionar y transformar esos sentimientos para que fluyan siempre a nuestro favor y no en nuestra contra…

Fragilidad emocional: claves para comprender y fortalecer el «yo»

La fragilidad emocional nos deja sin recursos para afrontar la adversidad y para gestionar nuestros sentimientos de forma inteligente. Porque la fragilidad no tiene nada que ver con la sensibilidad emocional, es su lado opuesto y el más complejo.

 

Valeria Sabater

   

Licenciada en Psicología por la Universidad de Valencia en el año 2004. Máster en Seguridad y Salud en el trabajo en 2005 y Máster en Mental System Management: neurocreatividad, innovación y sexto sentido en el 2016 (Universidad de Valencia). Número de colegiada CV14913. Estudiante de Antropología Social y Cultural por la UNED.

Valeria Sabater ha trabajado en el área de la psicología social seleccionando y formando personal. A partir del 2008 ejerce como formadora de psicología e inteligencia emocional en centros de secundaria y ofrece apoyo psicopedagógico a niños con problemas del desarrollo y aprendizaje. Además, es escritora y cuenta con diversos premios literarios.

 

 

 

 
 
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